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Entradas

Un Buda muerto...

En una fría noche de invierno, un asceta errante pidió asilo en un templo. El pobre hombre estaba tiritando bajo la nieve, y el sacerdote del templo, aunque era reacio a dejarlo entrar, acabó accediendo: “Está bien, puedes quedarte, pero sólo por esta noche. Esto es un templo. No un asilo. Por la mañana tendrás que marcharte”. A altas horas de la noche, el sacerdote oyó un extraño crepitar. Acudió rápido al templo y vio que el forastero había encendido un fuego y estaba calentándose. Observó que faltaba un Buda de madera, y preguntó: “¿Dónde está la estatua?” El otro señaló al fuego con un gesto y dijo: “Pensé que iba a morirme de frío...” “Estás loco? ¿Sabes lo que has hecho? Era una estatua de Buda. ¡Has quemado al Buda!” El fuego iba extinguiéndose poco a poco. El asceta lo contempló fríamente y comenzó a removerlo con su bastón. “¿Qué haces ahora? - vociferó el sacerdote”. “Estoy buscando los huesos del Buda que, según tú, he quemado”.   Más ta...

La silla de Perls (3)...

Posiblemente haya tantas formas de hacer “gestalt” como la de “gestaltistas”. Y no puede ser de otra manera en un tipo de terapia que exige la autenticidad de uno mismo cuando se la está practicando. “Yo recuerdo mi experiencia de asistir a un primer grupo con Perls habiendo oído que era un cirujano, y que era muy directo; uno tenía que estar preparado para dejarse meter el cuchillo y para mí la experiencia más importante con Perls fue simplemente transitar por esa situación. Para mí lo terapéutico de mi primer encuentro con él fue encontrarme con un miedo a la verdad, miedo a que me dijera cosas muy duras y luego hacerme la reflexión: ¿acaso no estoy buscando yo la verdad?, ¿acaso no vengo yo a esto, justamente a esto, a encontrarme con mi verdad?, y de pronto me resultó como “2 + 2 = 4”, que si yo estoy buscando la verdad y él me dice la verdad, por dura que sea, no puede dolerme y yo se lo agradeceré. Y me pregunté entonces: “¡ah! Y si me dice algo que es duro y no es la v...

Freud, Perls & Einstein...

“Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”. Esta es una muy famosa frase que aparece reiteradamente en la Internet y se le atribuye al genial físico Albert Einstein. Sin embargó, no es de él. Es del terapeuta Fritz Perls, quien, en 1940 publicó un libro donde revisaba el trabajo de Sigmund Freud.  Fritz escribió: “Como los tiempos modernos promueven una alimentación apresurada, no es extraño aprender lo que dijo un gran astrónomo: ‘Dos cosas son infinitas por lo que sabemos, el universo y la estupidez humana’. Hoy sabemos que esta declaración no es del todo correcta. Einstein ha demostrado que el universo es limitado”. Es decir, Fritz atribuyó la frase a “un gran astrónomo”. Einstein no era eso. Quien se la adjudica al autor de la teoría de la relatividad, se confundió con la frase final.                     ...

Elogio de la locura ...

Richard Feynman, futuro Premio Nobel de Física en 1965, tuvo que acudir al examen médico para saber si era apto para el reclutamiento que tuvo lugar después de la S egunda G uerra M undial, dada la “necesaria” ocupación de diversos sitios estratégicos sobretodo en Alemania. Y se tenía que estar realmente en mal estado para que la oficina del Ejército no hiciera la vista gorda. Sus conversaciones con los psiquiatras están recogidas en sus memorias "¿Está usted de broma, Sr. Feynman?" y, la verdad, no tienen precio. Aquí reproduzco algunas de ellas:

Mar en calma...

“Una práctica regular de la meditación es un buen método para desarrollar la aptitud de estar consciente, una fuerza que podría convertirse en más potente que la inclinación a los malos hábitos. El poder de la plena conciencia te da la fuerza de hacer las cosas de manera diferente, y de encontrar el coraje de ir más allá de aquello que te limita habitualmente. Durante bastantes años, he sufrido un fuerte sentimiento de rechazo cada vez que una persona me ha hecho daño. No era capaz de dirigirle la palabra durante largo tiempo. Un día, noté este hábito cuando estaba apareciendo. Vi claramente que estaba a punto de cerrarme a la otra persona. En aquel momento, el poder de la plena conciencia era suficientemente potente para pararme y ofrecerme la ocasión de responder a la situación de manera diferente. Me quedé aterrorizada por este terreno desconocido en el cual me disponía a penetrar. Pero escogí ir más allá del miedo, sonreír e ir hacia la otra persona en lugar de alejarme. Me s...