Cuando llegó mi turno, subí las escaleras al pequeño cuarto que había sobre la sala de meditación, llamé, se me invitó a entrar, entré y me senté. Hubo unos momentos de silencio. Supongo que ella (la maestra zen) me estaba dando la oportunidad de empezar. Seguí en silencio. Probablemente percibió lo embarazoso de mi situación. Yo era más bien tímido. Me miro de una forma muy directa. Era imposible adivinar cómo se sentía, pero yo percibía amabilidad en sus ojos. Tras lo que me pareció un tiempo larguísimo, pero que no pudo ser más de un minuto, me ayudó: “¿Quisieras comentar alguna cosa?” En ese contexto, se trataba de una pregunta muy abierta. Podía haberla considerado de muchas formas. Podía muy bien haberme servido de pretexto para hablar sobre ciertas cuestiones técnicas de la práctica meditativa o como una excusa para hablar de mi vida. Sin embargo, me quedé más paralizado que antes. “¿Quisieras comentar alguna cosa?” exigía de algún modo una respuesta que no fuera mer...
"Que innecesario es inventar fantasías cuando la verdad es más fascinante" (Jamie Kaler)