El conocimiento científico es un poder que permite hacer el bien o el mal,
pero no lleva consigo las instrucciones de cómo usarlo. Tal poder tiene un
valor evidente -incluso cuando el poder tiende a ser negado por lo que uno hace
con él.
Yo aprendí una forma de expresar este problema común a los humanos en un
viaje a Honolulu. En un templo budista de allí, el hombre encargado explicaba
un poco de la religión budista a los turistas y luego terminaba su charla,
contándoles que él tenía algo que decirles, que nunca olvidarían- y yo nunca lo
olvidé. Se trataba de un proverbio de la religión budista:
“A cada hombre le es dada la llave hacia las puertas del cielo; la misma
llave abre las puertas del infierno”.
¿Cuál es, entonces, el valor de la llave hacia el cielo? Es cierto que si
carecemos de instrucciones claras que nos permitan determinar cuál es la puerta
hacia el cielo y cuál es la puerta hacia el infierno, la llave puede ser un
objeto peligroso para nosotros.
Pero, obviamente, la llave tiene valor: ¿cómo podemos entrar al cielo sin
ella?
Las instrucciones no tendrían ningún valor sin la llave. Así que es
evidente que, a pesar del hecho de que pudiese producir un enorme horror en el
mundo, la ciencia es de valor, debido a que puede producir algo. (Richard Feynman)

Las instrucciones están guardadas en el corazón.
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